domingo, 5 de abril de 2020

Milagro en la casa 89




Como esta tan de moda una película en Netflix, sobre un milagro en una celda, aquí mi propia historia, no estoy en una celda, pero sí en cuarentena como muchos de nosotros en el mundo, además aquí no encontraran contenido turco, simplemente palabras desde una casa, en un lugar de Bogotá. Palabras que pretenden llenar de esperanza a algunos, contarles a otros de un Dios real, y recordarme a mí misma los detalles que ese Dios milagroso hace.

Llevo viviendo varios años sola, y desde que tome esa decisión nunca me ha faltado nada, primer milagro para contar, vivir así y ser independiente, no es tan fácil como algunos piensan, no manejo mis horarios, ni mis tiempos, más bien me organizo lo mejor posible para poder hacer tantas cosas que quiero hacer y la disciplina no es sencilla, así que por este tiempo de cuarentena, las finanzas, las rutinas cambian para la mayoría de nosotros, para mí fue un cambio fuerte. Uno que solo podría vivir porque conozco a Dios, lo amo, es mi todo y la esperanza de mi vida.

Entonces al iniciar este tiempo, hice planes, cómo administrar lo poco recibido en el mes que toco parar, cómo administrar los ahorros y demás, sobre todo cómo lograr no entrar en crisis en medio de un mundo en crisis, y ahí estaba yo, con Dios en una tienda de barrio, buscando algunas frutas y verduras para tener por un tiempo en casa, cuánto tiempo, ninguno lo sabemos al momento, pero al ver los costos y los cálculos previos anteriormente, salí con un tomate y una cebolla para la casa, hablándole con un susurro a Dios que si nos tocaba vivir este tiempo sin eso, estaría bien.

Al estar esos días en casa y ver que quería cambiar los menús y no tener como hacerlo al momento, solo pensaba en que sí Dios no me ha dejado estos años no lo haría en este tiempo, pues él es el Dios del ayer y del hoy, como lo es del mañana, por eso más que nunca he buscado en la biblia palabras de ánimo y sobre todo tratar de oír su susurro, a veces lo siento en el canto de los pájaros. "Sí Dios cuida de ellos, y cantan cada mañana en mi ventana, cómo Dios no habría de cuidar de mí que soy su hija y su posesión más preciada" me decía a mí misma, mientras me recordaba alguna de sus promesas para mi vida.

Pero también sé de muchos que nunca han experimentado a Dios, no tienen promesas a las que aferrarse, algunos de ellos asisten a iglesias, otros han escuchado hablar de Jesús, lo han intentado encontrar, otros lo han negado, o han dicho que él no existe, también le escribo a ellos, ya que anoche vi la noticia de que murió un cantante español llamado Luis Eduardo Aute, y me recordó a alguien que aun quiero mucho, porque junto con ella solía escuchar un par de sus canciones, pensé y oré que aun ella y su familia en medio de este tiempo lograra encontrarse con Dios, él no ha dejado de buscarlos.

Y por eso narro esta historia porque tengo el enorme privilegio de conocer a Dios, de hacer de él mi refugio, y aunque no lo merezco lo he experimentado, lo vivo día a día, lo siento cerca de mí, he sentido su abrazo, su amor incondicional, y esta vez me mostró ese amor nuevamente, dándome verduras y frutas, sí las que no podía pagar, mi mejor amiga me escribió que ella y su familia, que son mi segunda familia, me querían dar un regalo, al abrir el link que me envió para que yo eligiera lo que quería, empecé a llorar como una niña, era todo eso y más lo que no había podido comprar aquel día en esa tienda de barrio.


Al siguiente día llego la comida a la casa 89, y de esa manera vi un milagro, que contiene muchos, más que la comida, el amor de un padre entregándome aun los ingredientes de un en vivo en Instagram que íbamos a hacer con amigos del servicio de la iglesia de la cual hago parte.

Cada vez que pienso en esto no puedo contener las lágrimas, de ver a un Dios tan real, de ver gente que me ama cuando en un tiempo fui tan despreciada y me sentía tan sola, no dejo de llorar porque espero, sueño y oro con que cada persona en el mundo pueda ver que Dios el padre que tanto nos ama, nos esta persiguiendo para amarnos, darnos de él, y suplir cada necesidad, por tonta o pequeña que parezca.

No dejo de pensar en que he llorado en esta crisis, por la crisis, por los cambios, por los pasos que he tenido y tendré que dar día a día, pero sobre todo por la misericordia y el amor que Dios tiene para cada uno de nosotros.

Espero ver mucho más sus milagros, en otros, en el mundo. Este intento por contar algo de todo lo que significa para mi este milagro se queda corto, pero espero pueda acercar a Dios a unos y dar ánimo a otros.

Para finalizar dejo este texto que ha sido por lo menos para mí tan clave en este tiempo:


"El Señor es como un padre con sus hijos,
tierno y compasivo con los que le temen.
Pues él sabe lo débiles que somos;
se acuerda de que somos tan solo polvo.
Nuestros días sobre la tierra son como la hierba;
igual que las flores silvestres, florecemos y morimos."

Salmos 103:13-15

lunes, 16 de marzo de 2020

Cuarentena


Llevaba mucho tiempo sin pasar por el blog y dejar algunas palabras. Hoy vuelvo a retomarlo debido a que se ha bajado la marea en la vida, sin pensarlo nos están pidiendo parar, parar y dejar de correr en la vida.

Personalmente me cuesta, y mi trabajo tampoco me lo permite, pero algunas otras cosas han de parar en mi vida porque así debemos hacerlo. Pero esto me llevo a pensar en todos aquellos que debemos parar porque nos toca y no porque queramos, porque estar en nuestras rutinas nos da una especie de tranquilidad y un sentido de control.

Porque si nos piden parar, y parar por completo entonces será muy difícil de asimilar, les escribo más que todo a aquellos que viven solos, que sus familias están lejos, que sus actividades, trabajo o estudios los han llevado a estar lejos de los que quieren y los quieren. A aquellos que sí nos para todo estaremos solo rodeados por nuestros pensamientos y las paredes de nuestro hogar. Porque no hay nada más difícil, desde mi punto de vista, que tener que parar, llegar a casa y no tener con quien conversar, con quien hablar de lo que está pasando pero sobre todo orar y buscar a Dios cerca de otro ser humano.

A esas personas me dirijo, a quienes dicen, ¿Qué hacer cuando te dicen quédate en casa con tu familia? pero tu familia no está en tu mismo espacio. A ellos les escribo para recordarles que tenemos esperanza.

Si bien vivimos solos no estamos solos.

Les cuento esto porque en mi vida ya he vivido cuarentenas, una por una enfermedad que sufrí cuando niña, no sé cuantos años tendría pero todo esto me llevo a recordar la sensación, no podía estar cerca de alguien, mis padres me observaban desde la distancia por temor a ser infectados, a mi hermano le prohibían si quiera acercarse a la habitación a la cuál había sido destina por algunos días.

Recuerdo desayunar, almorzar y cenar sola, pero sobre todo recuerdo el no poder abrazar a nadie, porque yo tenía un virus en mi y podía transmitirlo, sobre todo a mi familia. Difícil, aún tengo algunas cicatrices de aquella temporada y recuerdo sensaciones de soledad y tristeza, aunque ya no están sino como recuerdos que no duelen.

Esa misma sensación que a veces en situaciones como esta quieren tocar a la puerta de los que viven solos, de aquellos que no cuentan con nadie, o que hasta ahora comenzaron a tener relaciones reales y no virtuales pero les ha costado parar y alejarse.

Y si bien es real que debemos cuidarnos, también es real que soñamos y luchamos con no desconectarnos, con no dejar de intimar.

Pero por ello vengo a este blog para decir que hay esperanza que la temporada va a pasar, pero que esté tiempo lo hemos de aprovechar, no para buscarle el quiebre a la norma sino conocer a aquel que está en medio de las cuarentenas, aquel que no descansa en cuidarnos, aquel al cual podemos abrazar y ser abrazados por él sin ningún temor de causarle daño o causarnos daño, el consolador está ahí para cada uno de nosotros, para aquel que siente un aire de tristeza y nostalgia, para aquel que vive solo o está solo, para aquel que tiene miedo y temor.

Dios esta a la puerta, y en él nuestra alma puede descansar. Aún tengo la sensación de aquella cuarentena pero también de aquella misma vez donde sabía que no estaba sola que aunque papá y mamá, ni hermano, no pudieran estar cerca, Dios estaría ahí, a mi lado y así puede estar a tu lado en medio de toda la locura que podamos vivir. Porque él es el Dios del universo y está en control aún de las emociones que quieren venir a turbar un corazón, como Jesús mismo lo dijo: No se turbe tu corazón sino cree en mi.

Así que deja que Dios mismo te abrace y te acompañe en estos tiempos donde parece que no hay esperanza, pero donde veremos que él está ahí a nuestro lado y que sí nuestra confianza está en él estaremos seguros al pasar nuestra propia cuarentena.

jueves, 19 de septiembre de 2019

Suciedad

Recientemente viaje a un lugar, en teoría el hotel estaba bien calificado, sin embargo al llegar a este, en el baño habían insectos, de todo tipo, y aunque en general en un lugar caliente los encontramos, fue interesante ver cucarachas. Siempre que veo una recuerdo una película que me daba mucho asco de un hombre que vivía con cucarachas, él vivía en un lugar sucio y por eso ellas habitaban el lugar, al final muestran que aquellas eran amigas, que lograron hacer el hombre un buen galán y además limpio. Toda una irrealidad, sí saben de qué película hablo, no me juzguen si no es tal cual, es lo que recuerdo de partes que vi. Porque nunca logré verla completa y creo que no lo haré.

El tema es que así sentía el lugar a causa de la cucaracha, y por haber estudiado bacteriología, me fijo en cosas que otros pasan por alto, como las fisuras en los baños, la suciedad que no es limpiada en las tinas y así.

Trate de evitar pensar al máximo en esas cosas porque además tiendo a obsesionarme pero quería mantener la calma, ya que mi acompañante de viaje es un poco más asquienta que yo, y si dos estábamos en el mismo plan de ver las cosas cochinas no íbamos a disfrutar el tiempo de descanso, aunque todo olía a humedad, las cobijas olían mal y así.

Por eso al llegar a casa lo disfrute mucho, mi casa suele mantenerse limpia, porque así la quiero mantener, hay días que me cuesta hacer aseo porque estoy cansada, o llego muy tarde, pero no puedo vivir en medio del mugre, ya que como saben pueden llegar bichos desagradables en un lugar así, como la vez de el ratón, escrito en otra entrada.

Sin embargo, estos días estaba limpiando la casa y recordé esos episodios del viaje y llegue a la conclusión que la vida se trata de ordenar, de limpiar, más que de planes y risas. La gente desmerita quien ordena una casa, pero no hay nada más delicioso que llegar a un lugar limpio y que huela bien. Yo que vivo sola no armo tanto desorden y aún así la casa se llena de polvo, de contaminación.

Por eso pensé en mi casa, y me refiero a mi vida, y a las demás casas las vidas de aquellos que puedan llegar a leer este blog, y pensé en que nuestra propia vida también se trata de estar sacando la suciedad, en mi caso el perdonar a otros, yo pensaba que perdonaba fácil, pero por estos días cometí un error en mi trabajo y no sé cuánto me va a costar y me costo perdonarme, me costo perdonar a otros pero mientras lleve esa carga de rabia y mal genio en contra propia y de otros sentí como mi vida, mi casa se llenó de suciedad y yo no quiero ver el mismo cuadro que viví en el viaje, quiero tener una vida que huela bien y no a podredumbre.

De la misma manera mi trabajo me ha mostrado como la gente valora más las cosas que las personas, a veces hay telas que por uso se dañan y las personas me han tratado como si fuera lo peor por ello, y aunque trato de conciliar algunos hasta me han intentado pegar, esas cosas me han hecho pensar en cuál es el valor que tienen las cosas para uno y cuánto desmeritamos a las personas.

Y así con mínimas cosas, he vuelto a pensar que solo cada uno es responsable de mantener su casa limpia, sin polvo, sin bichos, sin microorganismos, que puedan afectar nuestra calidad de vida y salud, pero así mismo es en la vida, somos responsables de cómo queremos que huela la misma, por mi parte he decidido estar más atenta para que así no entren cosas que al final sin darme cuenta y poco a poco hicieran de mi vida oscuridad y no luz. 


martes, 10 de septiembre de 2019

Odiaba la vida

Odiaba la vida, odiaba mi vida, no entendía porque tenía que levantarme cada mañana a vivir una vida que no había pedido, yo no había querido nacer ¿por qué me daban un regalo que no quería? y que desde mi punto de vista no era chevere, estaba obligada a vivir, despertarme, arreglarme, ir a un colegio donde era despreciada, donde tomaba sola las onces, cuando tenía, en una esquina del parque, no encajaba. Y menos cuando lo único que me parecía bello en el mundo no lo podía compartir, Dios, desde pequeña tuve experiencias con él y eso era lo que me mantenía viva, había tenido una niñez llena de dolor, no lo podía compartir con nadie, así que no quería vivir, odiaba mi vida y la familia en la que vivía, odiaba que papá se fuera y no supiéramos a donde y en la medida que crecía odiaba ser como era, no poderme mantener callada, hacer chistes y que todo el mundo me mandara callar. Odiaba tener sentimientos tan dañinos, envidia, celos, amargura, auto conmiseración, odio, rencor, soledad, por nombrar algunos.
Odiaba mi voz, porque como es tan fuerte todo mundo me escuchaba. Y por esto me regañaban, habla menos o no hables eran las palabras que solía escuchar.

Me odiaba por ser tan frágil, por no poder hablar de lo que me pasaba, por guardar secretos, ademas cuando alguna vez llegue a abrir mi corazón traicionaron mi confianza. Me lastimaron y decidí encerrarme en mi misma.

Yo no quería vivir, seguí creciendo, con tanto dolor en el corazón. Al llegar la universidad, Dios ya solo era un recuerdo de niña, alguien que no me dejó morir en medio de lo que había vivido, a nivel personal y familiar. Pero ya no había mucho de él en mi. Solo una oración pedía que si él existía me dejara morir.

Pasaba días a solas buscando una cerveza como yo no tomaba era fácil quedar en medio de una sensación relajante, y ahí salía a caminar por calles oscuras a ver si lograba quitar el sufrimiento, a ver si la muerte me encontraba. Buscaba un cigarrillo, lo cómico es que nunca aprendí a fumar.

Sin embargo una tarde ya astiada de levantarme sin propósito, estudiando una carrera que no me apasionaba, sabiendo que iba a salir de la universidad solo para seguir viviendo una falsa ilusión la que él título me daría de sentirme importante, y saber en lo profundo que ni eso me iba a dar identidad. Así que una tarde un miércoles, entre a una iglesia Cristiana, ya había entrado a muchas, y después de colgar una llamada, en la que sabía que mi corazón estaba muy destrozado porque al otro lado solo había palabras que me decían que yo era inmadura y que tenía que cambiar, yo dependía emocionalmente de cualquier persona que me mostrara algo de cariño y ahí estaba escuchando esa persona como me lastimaba.

Entonces entre a esa iglesia, sabiendo que tantas veces yo había intentado acercarme a Dios, al que creía conocer, cuando no lo conocía, solo era un buen recuerdo que ya estaba muy distante, en ese lugar solo le pedí una cosa, que como no me había dejado morir, y no me había quitado la vida, que por favor sí existía cambiara mi vida. Recuerdo las palabras fueron esas, tan cortas, y lloré mucho, no recuerdo las canciones, solo estar sentada llorando sin consuelo.

Lo que yo no sabía es que siempre había sido cuidada de la muerte porque pude haber muerto, o pude quedarme en algún vicio, o terminar muy mal, lo que menos me imaginaba es que rendirme a Dios con esas sencillas palabras cambiaría mi vida para siempre.

Empecé a asistir con regularidad a la iglesia, mirando todo, criticando todo, pensando en que un proceso, un grupo de personas o unos líderes no me podían ayudar, quién podría ayudar a una niña que cargaba con tanta suciedad encima, quién la iba a amar.

Y así poco a poco, sin mucho afán, Dios con su trato tierno me empezó a sanar, me pinto la vida de colores, y empezó a mostrarme cada cuadro de mi niñez desde los más suaves a lo más dolorosos para mi, empecé por perdonarme a mi misma, sabiendo que sí Dios me amaba un día yo llegaría a amarme como él me diseño.

Dios se tomó el tiempo para sanarme y llenarme el corazón, conocí mi verdadera identidad y también pude ver quien me quería destruir, era Satanas y yo había estado ciega pero ahora podía ver.

Hoy recuerdo, cada momento que Dios se ha tomado para sanarme, para amarme y no puedo dejar de llorar porque yo no merecía nada y había despreciado el regalo de la vida, hoy no me aferro a ella, solo la vivo como un gran regalo que no quiero despreciar, amo a Dios, y por eso puedo amar la vida que un día odie, ahora me amo y por eso puedo amar a otros, no soy más que resultado del amor de Dios, yo estaba tan vacía, tan sola y solo me quería morir pero Dios me dio vida y lo ha hecho abundantemente.




Por eso hoy puedo sonreír y aunque él sigue sanando y limpiando mi vida, hoy puedo estar tan agradecida de que él me salvara y entregara todo por mi, ahora yo busco servirle a él, aunque nunca podré pagar todo lo que ha hecho y sigue haciendo por mi, si quiero corresponder cada día a su amor.




Sé que muchos se sienten igual, aquí no cuento sino solo sentimientos y no las razones de los mismos, ni las historias detrás de ellos, pero si alguno se ha sentido así, con ganas de morir, obligado a vivir, con dolor que nadie entiende solo escribo esto para decir que Dios puede sanar, salvar y puede hacer como a mí que llegues a amar el regalo de la vida que él nos dio.

viernes, 19 de julio de 2019

Hackeo temporal

Me encanta la serie “the flash” supongo que porque desde mi loco punto de vista se parece a mí realidad con Dios. En la última temporada de la serie recién subida a Netflix hablan de un término llamado “hackeo temporal”, que quiere decir más o menos que un velocista viaja en el tiempo o hace ciertas cosas para mover algo a su favor en su presente. Es algo peligroso porque se podría alterar la línea temporal y no sé sabe qué resultados se va a obtener, pero si hay buena planeación se logra la hazaña pretendida.

Y a veces me imagino que Dios hace eso conmigo solo que a diferencia de la serie Dios no lo hace para buscar algo a su favor sino hacia el mío, así lo siento con este viaje que está a punto de finalizar con mi papá, casi 10 días juntos solo nosotros dos. Que en realidad es un hackeo temporal, porque siento que Dios viajo a través de mis recuerdos solo para mostrarme como él hubiese querido que mi papá y yo tuviésemos una relación. Y como pretende Dios que tenga una relación con mi papá y con él. Es a mi favor, porque antes en mi niñez y parte de mi adolescencia sentí abandono y rechazo por parte de papá por sus errores cometidos, ya no lo juzgo y tampoco dejo de ver que cometió errores, solo puedo ver como la gracia de Dios cubrió sus faltas, y cubrió mis sentimientos junto a errores también cometidos hacia él para que después de este viaje todo esté a nuestro favor.

Me sorprende que yo nunca había pedido tal vez con palabras específicas este tipo de cosas pero Dios quien conoce los corazones y cada sueño que hay dentro de nosotros me ha permitido compartir lo que para mí ha sido el tiempo que con papá quise vivir siempre.

Hemos caminado, comido juntos, hemos descubierto quién es cada uno, cómo sentimos y cuánto nos hemos querido, un par de veces mi papá ha asumido sus errores en nuestras charlas al igual que yo he asumido los míos, nos hemos pedido perdón y abrazado, yo he llorado a solas dándole gracias a Dios por que nunca imaginé que Dios nos esté dando cierres al estilo disney. 

 
En definitiva Dios me ha cambiado en este viaje, hace unos meses hablaba con una consejera que me dijo que mi sentimiento de abandono podía trabajarlo con Dios, quien no ha tenido una familia estable puede leer estas letras sabiendo de lo que escribo, la sensación de abandono está ahí en el corazón, aunque Dios sana cuadros, aún quedan astillas que uno quisiera no sentir, bueno pues siento que Dios sigue obrando y ha quitado muchas astillas en este viaje, ore en esa época a Dios siguiendo el consejo sabio de esta persona y le pedí a Dios que siguiera sanado mi interior que no importaba si tenía que enfrentarme con dolores que había ignorado, que no sabía cómo lo haría que lo hiciera, y hoy sé que esté “hackeo temporal” en mis recuerdos y a través de este viaje ha sido la respuesta de Dios para seguir sanando cada herida, en especial del rechazo y abandono en mi corazón y al hacerlo me ha unido a mi papá de una forma distinta y especial, haciendo esto siento que conozco más a Dios como papá y lo amo un poco más, he mejorado la imagen que tengo de Dios, esto me hace pensar que en verdad muchas cosas mejores me esperan no porque lo digamos como frase de cajón sino porque Dios quien conoce el pasado, presente y futuro tiene planes buenos para todo aquel que se acerca a él.

lunes, 6 de mayo de 2019

Ratones y cucarachas

No hace mucho tiempo conté una historia sobre hormigas en casa, y de la importancia que no es dejar llenar el corazón de basura, para que no entren cosas indeseadas, a nuestra casa y a nuestra vida.

Sin embargo por estos días me lleve una lección mucho más grande que esa, yo pensaba, que era suficiente con estar atentos con la limpieza de nuestro interior, con perdonar continuamente con no dejar acumular, amarguras, mentiras, entre tantas en la mente y el corazón. Pero aprendí que no solo eso es suficiente.

Por estos días hice aseo en mi casa como es costumbre, y al llegar después de un día de trabajo, en la casa había una cucaracha gigante, para mí son muy desagradables, así que una gigante fue aún más estresante, no podía estar en casa tranquila, grite como una loca, y así lo parecía, debía matarla y no dejarla por ahí, pero aún más debía saber porque si la casa estaba limpia, llegaba ella ahí tan campante. Luego de luchar con mis miedos la mate y por unos días no pude descansar bien pensando en que quizás en mi vida habían cucarachas y no me había dado cuenta.

Pasados los días ya me había olvidado del tema, pero volvió a mi vida porque esta vez al ir a sacar la basura de la casa, cuando estaba organizando todo había un ratón, un pequeño ratón, otro visitante desagradable, que me tuvo gritando una vez más como una loca, yo no quería estar en mi casa, se me fue la tranquilidad, amo estar en mi casa pero con este visitante no quería estar.

De mi rostro se desgarraron algunas lágrimas, por la impotencia de no saber porque unos días antes había una cucaracha y ahora un pequeño ratón. ¿Acaso estaba yo dejando algo sucio en mi casa, o en mi vida?

Mi mamá vino a casa y fue la que estuvo ahí salvándome del ratón, ya sé que posiblemente no me habría hecho nada y hasta tierno se veía, porque lo vi caminar por la sala, pasearse por todo el primer piso como si la casa fuera suya, y yo desesperada. Mi mamá lo fue a cazar y este se salió por una pequeña hendidura de la puerta principal. Allí encontré la respuesta a mis preguntas, no se trataba de desaseo, o de falta de limpieza en casa, sino que la cucaracha y el ratón en distintos momentos aprovecharon una noche para entrar de la calle a la casa, y hacer de las suyas, volverme una loca.

Y así me sentí en mi vida por esos días, aunque parezca tonto ver esos dos visitantes indeseados me hizo revaluar mi manera de limpiar y de los pequeños huecos que permiten que entren cosas a mi casa y a mi corazón. Me senté con Dios a pensar, que si esto lo veo en mi diario vivir, cuanto más será sutil la oscuridad para meterse en mi vida, me di cuenta que aunque he cerrado la puerta a tantas cosas que me llevaban al “lado oscuro de la fuerza”, y aunque trato de mantenerme limpia, hay aun hendiduras con las que tengo que trabajar, cosas que llamamos tonterías como la queja, la falta de perdón, el creerse mejor que otros, cuando todos bajo la cruz somos iguales, el envidiar a otros, el sentir celos, y tuve que trabajar con todo eso y más, y aún lo sigo haciendo.

Por qué así como tuve que tapar el hueco que la misma puerta trae para ya no tener ninguna visita sorpresa así a diario tengo que trabajar con mi corazón, con mi mente y emociones para que al final no me vuelva como una loca, sino que pueda ser reflejo de un buen Dios que me amo y que así como mi mamá saca a los ratones de mi vida.

Por eso mi invitación al contar esta historia es a pensar en que puertas hemos cerrado pero que pequeños huecos aún existen que permiten que en la noche algo venga a visitarnos o quizás sin darnos cuenta a vivir en nuestra vida. Desde mi punto de vista no hay nada mejor que estar limpios y sin visitantes desagradables en el corazón.



lunes, 11 de marzo de 2019

Cruzar la meta

Quería ser deportista profesional y digo quería porque a mi edad ya uno está viejo para esos sueños. Debe ser que por eso admiro tanto a mujeres como Mariana Pajón y Caterine Ibargüen, porque son algo de lo que yo quise ser y no fui.

Recuerdo que en el colegio amaba correr o jugar fútbol, esta última la responsable de mi lesión, de haber llorado muchas noches porque mis sueños se habían ido por la borda. Suena tonto pero cuando corría sentía que todo a mi alrededor cambiaba, gane un par de competencias en el colegio y para mi eso me llenaba de plenitud, soñaba con estar en una pista olímpica, con correr tan rápido que el viento tuviera envidia, pero allí en una cancha de colegio quedó ese sueño enterado.

El año pasado después de muchos años, empecé a entrenar, correr unos 20 minutos un par de días a la semana, para lograr correr mínimo unos 10 k, no para ganar sino para retomar el sueño de correr solo que ahora era para no olvidar la sensación de seguir viva, ya que a mis 31 años sigo sorprendida y agradecida que estoy viva, pensé que viviría menos, pero eso es otra historia.

Retomando, estuve entrenando, ahogándome aún con mi propia saliva por no saber respirar, aguantando el dolor de estirar y tratando de olvidar que mis cicatrices en la rodilla me recordaban que hubo un sueño un día que no logré cumplir.

Me inscribí a mediados de octubre a una carrera de montaña, nocturna, sin saber a lo que me estaba enfrentando, decían que eran 10 k pero resultaron siendo más. Tenía los nervios a mil, mi linterna prendida, y una amiga con la que correría y no estaría sola.

Íbamos a un buen ritmo, subíamos y bajábamos lugares, pasamos por riachuelos, mi amiga se cayó y se raspó la rodilla, seguíamos adelante en medio de la oscuridad, pero el cansancio propio de la carrera, de las piernas fatigadas empezó a hacer su efecto, estaba lavada en sudor, a punto de rendirme, mi reloj marcó los 10 k y estaba feliz solo para darme cuenta que faltaba mucho por recorrer, salió lo peor de mi, quería echarme a llorar, renunciar, no por la carrera, sino porque así me sentía en la vida, soñando cosas, creyendo que tenía el talento solo para darme cuenta que me faltaba más, mucho más y que yo no lo podía dar, así como cuando niña al perder el sueño por culpa de perder un ligamento de la rodilla.

Escuche a mi amiga susurrar, “vamos nos falta poco” y sentí como todo mi cuerpo se derrumbaba en esos últimos tramos, sin fuerza física, no había entrenado para tanto, me temblaban las piernas y el corazón latía a mil, rodaron algunas lágrimas por mis mejillas, porque me sentía incapaz, menos mal, la noche era mi cómplice y nadie me vería llorar.

Pero ahí estaba esa voz, la de mi amiga diciéndome que lo podía lograr. Pero ¿lograr qué? si nunca había sido suficiente buena en nada, y ahora sentía que no podía superar mi propia marca, mis miedos, porque en ese momento me sentía estancada, en la carrera y en la vida.

Así que recordé que así es Dios uno que me susurra que puedo hacerlo, ¿Qué puedo hacer? Todo, si estoy con él, si no escucho a mi cuerpo cansado, o los sueños frustrados sino esa suave voz, como la de mi amiga, que me dice que aunque los sueños parezcan muertos, en él no mueren completamente.

Así que seguí corriendo, y mi amiga al ver la señal de la meta, corrió más para llegar antes, y yo solo vi que ella corría y que Dios me decía que el corrió antes para verme llegar a la meta y aplaudirme. Ahí él estaba, corriendo a mi lado, y aplaudiendo mis sueños cumplidos uno que aunque parecía había muerto a los 15 años hoy había vuelto a estar presente solo que de manera diferente.

Solo Dios conoce nuestros sueños más profundos, solo el sabe lo que significa cada silencio o cada aplauso en nuestra vida y decide estar ahí para darnos todo lo que un día soñamos aunque a veces nos lo de de forma diferente a la que nos la imaginamos.

Así que al final cruzar la meta no solo significa que lo logramos sino que él no ha olvidado cada sueño que desde nuestro punto de vista creímos que nunca alcanzaríamos.


El susurro de Dios en la pausa

“Parar de hablar” es algo que viví recientemente. Podía hablar, sí, pero no debía hacerlo. Y fue interesante, porque el libro de Proverbios ...