lunes, 6 de mayo de 2019

Ratones y cucarachas

No hace mucho tiempo conté una historia sobre hormigas en casa, y de la importancia que no es dejar llenar el corazón de basura, para que no entren cosas indeseadas, a nuestra casa y a nuestra vida.

Sin embargo por estos días me lleve una lección mucho más grande que esa, yo pensaba, que era suficiente con estar atentos con la limpieza de nuestro interior, con perdonar continuamente con no dejar acumular, amarguras, mentiras, entre tantas en la mente y el corazón. Pero aprendí que no solo eso es suficiente.

Por estos días hice aseo en mi casa como es costumbre, y al llegar después de un día de trabajo, en la casa había una cucaracha gigante, para mí son muy desagradables, así que una gigante fue aún más estresante, no podía estar en casa tranquila, grite como una loca, y así lo parecía, debía matarla y no dejarla por ahí, pero aún más debía saber porque si la casa estaba limpia, llegaba ella ahí tan campante. Luego de luchar con mis miedos la mate y por unos días no pude descansar bien pensando en que quizás en mi vida habían cucarachas y no me había dado cuenta.

Pasados los días ya me había olvidado del tema, pero volvió a mi vida porque esta vez al ir a sacar la basura de la casa, cuando estaba organizando todo había un ratón, un pequeño ratón, otro visitante desagradable, que me tuvo gritando una vez más como una loca, yo no quería estar en mi casa, se me fue la tranquilidad, amo estar en mi casa pero con este visitante no quería estar.

De mi rostro se desgarraron algunas lágrimas, por la impotencia de no saber porque unos días antes había una cucaracha y ahora un pequeño ratón. ¿Acaso estaba yo dejando algo sucio en mi casa, o en mi vida?

Mi mamá vino a casa y fue la que estuvo ahí salvándome del ratón, ya sé que posiblemente no me habría hecho nada y hasta tierno se veía, porque lo vi caminar por la sala, pasearse por todo el primer piso como si la casa fuera suya, y yo desesperada. Mi mamá lo fue a cazar y este se salió por una pequeña hendidura de la puerta principal. Allí encontré la respuesta a mis preguntas, no se trataba de desaseo, o de falta de limpieza en casa, sino que la cucaracha y el ratón en distintos momentos aprovecharon una noche para entrar de la calle a la casa, y hacer de las suyas, volverme una loca.

Y así me sentí en mi vida por esos días, aunque parezca tonto ver esos dos visitantes indeseados me hizo revaluar mi manera de limpiar y de los pequeños huecos que permiten que entren cosas a mi casa y a mi corazón. Me senté con Dios a pensar, que si esto lo veo en mi diario vivir, cuanto más será sutil la oscuridad para meterse en mi vida, me di cuenta que aunque he cerrado la puerta a tantas cosas que me llevaban al “lado oscuro de la fuerza”, y aunque trato de mantenerme limpia, hay aun hendiduras con las que tengo que trabajar, cosas que llamamos tonterías como la queja, la falta de perdón, el creerse mejor que otros, cuando todos bajo la cruz somos iguales, el envidiar a otros, el sentir celos, y tuve que trabajar con todo eso y más, y aún lo sigo haciendo.

Por qué así como tuve que tapar el hueco que la misma puerta trae para ya no tener ninguna visita sorpresa así a diario tengo que trabajar con mi corazón, con mi mente y emociones para que al final no me vuelva como una loca, sino que pueda ser reflejo de un buen Dios que me amo y que así como mi mamá saca a los ratones de mi vida.

Por eso mi invitación al contar esta historia es a pensar en que puertas hemos cerrado pero que pequeños huecos aún existen que permiten que en la noche algo venga a visitarnos o quizás sin darnos cuenta a vivir en nuestra vida. Desde mi punto de vista no hay nada mejor que estar limpios y sin visitantes desagradables en el corazón.



lunes, 11 de marzo de 2019

Cruzar la meta

Quería ser deportista profesional y digo quería porque a mi edad ya uno está viejo para esos sueños. Debe ser que por eso admiro tanto a mujeres como Mariana Pajón y Caterine Ibargüen, porque son algo de lo que yo quise ser y no fui.

Recuerdo que en el colegio amaba correr o jugar fútbol, esta última la responsable de mi lesión, de haber llorado muchas noches porque mis sueños se habían ido por la borda. Suena tonto pero cuando corría sentía que todo a mi alrededor cambiaba, gane un par de competencias en el colegio y para mi eso me llenaba de plenitud, soñaba con estar en una pista olímpica, con correr tan rápido que el viento tuviera envidia, pero allí en una cancha de colegio quedó ese sueño enterado.

El año pasado después de muchos años, empecé a entrenar, correr unos 20 minutos un par de días a la semana, para lograr correr mínimo unos 10 k, no para ganar sino para retomar el sueño de correr solo que ahora era para no olvidar la sensación de seguir viva, ya que a mis 31 años sigo sorprendida y agradecida que estoy viva, pensé que viviría menos, pero eso es otra historia.

Retomando, estuve entrenando, ahogándome aún con mi propia saliva por no saber respirar, aguantando el dolor de estirar y tratando de olvidar que mis cicatrices en la rodilla me recordaban que hubo un sueño un día que no logré cumplir.

Me inscribí a mediados de octubre a una carrera de montaña, nocturna, sin saber a lo que me estaba enfrentando, decían que eran 10 k pero resultaron siendo más. Tenía los nervios a mil, mi linterna prendida, y una amiga con la que correría y no estaría sola.

Íbamos a un buen ritmo, subíamos y bajábamos lugares, pasamos por riachuelos, mi amiga se cayó y se raspó la rodilla, seguíamos adelante en medio de la oscuridad, pero el cansancio propio de la carrera, de las piernas fatigadas empezó a hacer su efecto, estaba lavada en sudor, a punto de rendirme, mi reloj marcó los 10 k y estaba feliz solo para darme cuenta que faltaba mucho por recorrer, salió lo peor de mi, quería echarme a llorar, renunciar, no por la carrera, sino porque así me sentía en la vida, soñando cosas, creyendo que tenía el talento solo para darme cuenta que me faltaba más, mucho más y que yo no lo podía dar, así como cuando niña al perder el sueño por culpa de perder un ligamento de la rodilla.

Escuche a mi amiga susurrar, “vamos nos falta poco” y sentí como todo mi cuerpo se derrumbaba en esos últimos tramos, sin fuerza física, no había entrenado para tanto, me temblaban las piernas y el corazón latía a mil, rodaron algunas lágrimas por mis mejillas, porque me sentía incapaz, menos mal, la noche era mi cómplice y nadie me vería llorar.

Pero ahí estaba esa voz, la de mi amiga diciéndome que lo podía lograr. Pero ¿lograr qué? si nunca había sido suficiente buena en nada, y ahora sentía que no podía superar mi propia marca, mis miedos, porque en ese momento me sentía estancada, en la carrera y en la vida.

Así que recordé que así es Dios uno que me susurra que puedo hacerlo, ¿Qué puedo hacer? Todo, si estoy con él, si no escucho a mi cuerpo cansado, o los sueños frustrados sino esa suave voz, como la de mi amiga, que me dice que aunque los sueños parezcan muertos, en él no mueren completamente.

Así que seguí corriendo, y mi amiga al ver la señal de la meta, corrió más para llegar antes, y yo solo vi que ella corría y que Dios me decía que el corrió antes para verme llegar a la meta y aplaudirme. Ahí él estaba, corriendo a mi lado, y aplaudiendo mis sueños cumplidos uno que aunque parecía había muerto a los 15 años hoy había vuelto a estar presente solo que de manera diferente.

Solo Dios conoce nuestros sueños más profundos, solo el sabe lo que significa cada silencio o cada aplauso en nuestra vida y decide estar ahí para darnos todo lo que un día soñamos aunque a veces nos lo de de forma diferente a la que nos la imaginamos.

Así que al final cruzar la meta no solo significa que lo logramos sino que él no ha olvidado cada sueño que desde nuestro punto de vista creímos que nunca alcanzaríamos.


lunes, 28 de enero de 2019

Desconexión

Se supone que soy de la generación conocida como millennial la cual según wikipedia ha estado generalmente marcada por un mayor uso y familiaridad con las comunicaciones, los medios de comunicación y las tecnologías digitales.

Sin embargo muchas veces no me siento identificada, estoy entre lo viejo y lo antiguo, posiblemente porque mientras mis compañeros de colegio tenían un tamagotchi yo solo miraba como ellos lo dejaban morir, mientras ellos adquirían computadores nosotros apenas iniciábamos en casa a conocer la máquina de escribir, y así con todo.

Entonces crecí en medio de ver cómo iba avanzando la tecnología y no poderla tener al alcance, y eso quizás fue lo que generó, que leyera libros en vez de estar en el Messenger, o que saliera a jugar fútbol en vez de estar en algún tipo de chat.

La diferencia con mí ahora no es mucha, aunque tengo internet en casa, uso varias redes sociales que de hecho me gustan, no logro encajar en chatear en WhatsApp en vez de llamar cuando alguien cumple años, no entiendo el significado de los emojis y voy a buscar su significado pero la gente tiene en realidad un lenguaje distinto.

Voy a reuniones donde la gente está con su aparato electrónico haciendo historias donde sonríen pero no están sonriendo con la gente que tienen al frente. O leo mensajes de personas que están en reuniones se sientes aburridos y por eso chatean. Soy tan cansona para la gente con esto, que les digo que dejen sus celulares a un lado para poder charlar, vernos a los ojos, contar alguna historia o algo por el estilo, o simplemente por respeto a con quien se está y al final me canso porque la gente sigue ahí con sus ojos en una pantalla.

Tal es el asunto que he probado varías veces estar en una reunión metida en el celular a ver si a alguien le molesta y me he dado cuenta que es la mejor manera que no interactuar pero además que esta bien visto. Todos están felices en sus mundos pantallas, mientras yo me alejo con nostalgia de ver eso.

Todo esto para vivir en carne propia lo que ya he leído tantas veces en tantos lados y es que aunque estamos en un tiempo donde se supone la tecnología es para acércanos nos ha alejado y nos ha desconectado. Y esto ha hecho que ahora haya nuevas formas de soledad, emociones dañinas que tienen que ver con la tecnología y el cómo la usamos. Las personas se sienten solas o tristes si sus fotos no son likeadas. O es la forma en la que se le demuestra el despreció a alguien cuando se está molesto y así sigue.

Toda esta cosa solo para contar que de vez en cuando dejo mi celular por ahí tirado en algún espacio de la casa únicamente para compartir con la gente que decide hacerlo de la misma forma, o simplemente para ver el atardecer sin necesidad de publicarlo.

Y es que he decidido desde hace mucho, que aunque use redes, páginas, y todo lo que puede ofrecer esta era digital, seguir abrazando en vez de enviar un emoji, seguir llamando a la gente en su cumpleaños para escuchar su voz y que mi voz sea escuchada, llamar más y chatear menos, usar el celular únicamente cuando no tenga personas alrededor porque estoy cansada de las construcciones falsas que nos dejan todos esos medios.

Quiero poder compartir con las personas, reírme, llorar, ver simplemente cada una de sus expresiones, durar horas hablando pero viéndolo a los ojos, quiero poder sentir el calor de un abrazo y no solo decirle a alguien que lo quiero por medio de un mensaje de texto sino mostrándolo con actitudes reales y no solo con reaccionar a ciertas historias. Estoy cansada de la desconexión y por eso mis mejores amigos son aquellos que como yo, han tomado distancia con las cosas para darle prioridad a las personas.

He decidido invertir más tiempo con la gente a la antigua que a esta nueva manera, y escribo todo esto para no olvidar que la vida está ahí afuera, y no dentro de una pequeña pantalla y que no quiero perderme la oportunidad de vivirla.

Aunque haya nacido en medio de una generación que parece estar desconectada sigo creyendo que aún podemos conectar con otros profundamente y de sana manera. Porque aunque sigan saliendo y saliendo más cosas que nos lleven a vivir de cierta forma en nuestro interior siempre habrá esa necesidad relacional. Por eso esta nueva entrada en mi blog antes de finalizar este primer mes del 2019 es una invitación para mí y para otros a estar más conectados entre nosotros este año y menos conectados a las pantallas.


martes, 4 de diciembre de 2018

La cima

Todos anhelamos estar en la cima, para algunos la cima, son los títulos, las carreras ganadas, el dinero bien trabajado, invertido y provechoso, para otros tener familia, casarse, ir de luna de miel, tener hijos, para algunos tener amistades, muchas amistades o muy pocas pero íntimas, pero me quedaría corta por más que llenara este texto contando lo que significa la cima para cada persona. Sin embargo todos tienen una cima, algo que anhelan lograr, un sueño por alcanzar.

Pensaba en todo esto, y ahora que escribo este texto lo pienso mucho más, en que independientemente de la cima a la cual queramos llegar, todos también tenemos un camino que atravesar, eso fue lo que viví, caminando para llegar a la cima de la montaña de colores en Cuzco, Perú. 



Se dice que uno debe tener una buena condición física para llegar, la altura no es un tema sencillo de manejar, y mientras caminaba pensaba que no lo iba a lograr, así como a veces nos pasa en la vida, planear tanto, esforzarse, ver a otros en el camino y darse cuenta que uno se está quedando atrás, que las fuerzas se van acabando, fue ahí en ese instante, cuando iba escuchando música, empezó a sonar una canción como bajada del cielo para aquel instante, la letra decía, no desmayes, solo cree. Y fue impresionante recordar que a veces en nuestro caminar solo necesitamos eso, CREER.

Vi a tantas personas caminando y recordé un viejo cuadro donde algunos van por un camino ancho y otros por un camino estrecho, el ancho se refiere a todos a aquellos que no han decidido creer específicamente en Dios y el estrecho lo contrario.

Y sentí tanto dolor en mi corazón por aquellos que intentan llegar a su cima solos, porque aunque el camino sea estrecho porque no es tan sencillo mantenerse firme en el camino, nunca estamos solos en ese caminar, cuando decidimos estar acompañados por Dios.

Caminé y caminé porque iba escuchando esa canción que me ha recordado que independientemente del pasado, de mis historias o días tristes siempre he podido contar con Dios, quien me salvo de la muerte y me llevo a la cima, no solo de la montaña de colores, sino a la cima de la vida que es desde donde ahora veo todo, me llevo a sus pies y entendí que no hay un lugar más alto o más grande que ese, y que si sigo desde ahí desde esa perspectiva no solo lograre algunas cosas que sueño, sino que mi vida siempre habrá valido la pena, como lo fue al final de ese camino para ver tan extraordinariamente paisaje que jamás había visto en mi vida.



Hoy precisamente hoy, después de algunos días difíciles para mi, me es importante recordar, que Dios ha tenido planes buenos para mi desde el principio, que no debo dejar de creer, y que él ha prometido estar ahí, siempre. Así que si alguno de mis lectores o lectoras hoy siente que no ha llegado a ninguna cima, puede hoy tener una que es la más grande y es conocer a Dios y caminar con él, creyéndole, como lo hice yo en Perú para alcanzar esos planes buenos que él también tiene para usted. 



domingo, 28 de octubre de 2018

Condiciones desfavorables

Amo los cumpleaños, los propios y los de otros, me gusta celebrar la vida, el maravilloso regalo de vivir, es la fecha más importante para mí, por eso me gusta hacer algo diferente, sea ir a comer a un lindo lugar que no conozco o romper completamente la rutina, pero a veces por las ocupaciones no puede uno celebrar ese día, por eso para romper con todo, los dos últimos años me he ido de la ciudad para conocer nuevos lugares y tener nuevas aventuras.

Esta vez quise cumplir un sueño, de esos sueños donde he dicho “quiero hacerlo”, pero pensaba que no era posible, hasta escuchar a papá Dios decirme: “sueña conmigo” Entonces lo tome de la mano y así fue después de mucho planear, trabajar, ahorrar, hacer muchos cálculos, y sobre todo orar y pedirle a Dios que por favor lo hiciéramos juntos logre viajar a Perú.

El día de mi cumpleaños 31 iba a estar conociendo Machu Picchu, sin embargo, no fue tan chévere, llovía, estaba con neblina, y realmente no se veía nada, pensé que había perdido el viaje y sobre todo mi expectativa de pasarla rico y feliz que desde mi punto de vista es estar caliente y que todo el plan salga como lo había cuadrado por primera vez.

Y no fue así, no había nada que ver literalmente, ni la gente que iba al frente mío se veía, solo había una espesa nube blanca al rededor, y ahí fue donde me senté en el pasto esperando que un milagro pasara, hice algunos chistes en medio de todo y hacía reír a la gente que no conocía y a la guía turística que nos acompañaba, pero en el fondo ya empezaba a impacientarme, a llenarme de frustración.

Después de un tiempo de espera y de pensar que todo iba a mejorar con el paso de las horas y el clima iba a ser satisfactorio nada pasó, o más bien todo empeoró, llovía más y más fuerte, recordé las múltiples oraciones que había hecho el día anterior diciéndole a Dios: “por fa que no llueva, que las condiciones sean favorables” y en el fondo solo escuchaba silencio como sí mi oración no fuera a ser respondida.

Allá en medio de ese clima que no me gusta, lluvia, visión blanca, gente desconocida, nadie que animará, en silencio, zapatos y medias mojadas, con hambre y sueño por estar madrugando y trasnochando, que es lo usual en este tipo de viajes, cansada de esperar, decidí caminar por un sendero de una hora que fue fuerte y no podía ver nada, caminé y caminé y también oraba, le decía a Dios, cuánto odiaba que en un cumpleaños lloviera (qué es lo que casi siempre pasa) que habíamos planeado este viaje juntos, que había soñado con otro panorama, que quería una foto para gomelear en las redes sociales (sí ríanse), que me iba a ir muy frustrada y de fondo solo oía silencio.

Comprendí que Dios estaba ahí callado escuchando el clamor no solo de mi boca sino de mi corazón, pero también entendí que sí me fuera sin hacer lo que había planeado hacer, Dios no me había dejado de amar, Dios no había dejado de escuchar mis oraciones, él seguía ahí, tan firme a mi lado como siempre lo ha hecho, y recordé su amor, su última gota de sangre derramada en la cruz por mi, y di gracias por estar viva 31 años, por haber sido salvada de tantas cosas malas y de tener el privilegio de llevar a otros a ese precioso amor, recordé que he sido llamada a darle esperanza a aquellos que están realmente solos y nunca se han sentido amados.

Así que al llegar de nuevo a la zona típica de ver Machu Picchu, por última vez mire al cielo con un poco, muy poco de fe, porque seguía lloviendo con fuerza y todo era simplemente imposible, y dije: “aún me queda algo de fe”, fui al punto de las fotos y ahí estaba yo, cubierta de lluvia, y empezó a ocurrir el milagro, un fuerte viento paso por mí y todos los turistas que estaban allí, y empezó a despejarse la vista, rápidamente dejo de llover y la neblina que había sido mi enemiga durante todo este viaje empezó a desparecer, y ahí se dio pude ver el paisaje y una maravilla del mundo ahí justo frente a mí.

Tome muchas fotos en mi afán de recordar aquel momento, no por la vista o por el paisaje o por la historia que significa el lugar sino porque ahí estaba una vez más yo cumpliendo un año más de vida, y sabiendo que mi lección más importante para este nuevo año que inició es que aunque las cosas no pases como las planeó Dios mismo meter su mano en mi vida y lo hará otra vez, cumplirá él estar ahí una vez más solo para mí.




domingo, 26 de agosto de 2018

Me quería morir

Hubo un tiempo en mi vida, donde cada mañana despertaba sin sentido, desde muy pequeña tuve esa sensación, no me sentía importante, ni amada, y mucho menos tenía sentido de vida. Despertaba cada mañana diciéndome: “ otra vez amaneció y hay que vivir porque toca”

No conversaba eso con nadie, al contrario mis más profundos deseos o mis más torpes miedos sólo los conocía la almohada donde dormía, no porque le contara sino porque pasaba varias noches derramando lágrimas.

Recuerdo una vez estar en la cocina de mi casa, estaba sola y me sentía tan vacía y llena de dolor que solo grité desesperada “si realmente existes, Dios, quítame la vida, déjame morir” creo que al final Dios sí contesto esa petición solo que no de la forma en la que yo la pedía.

Me dejo morir, a mis miedos, a mis abusos, a mis faltantes, a mis temores, a mi forma de hacer las cosas, a ese sin sentido de vida. Pero para que pasara eso yo necesite reconocer que no podía sola que necesitaba un salvador, y lo encontré o más bien él me encontró.

Sufrí de abusos en mi niñez, abandonó de mis papás, insultos por parte de los compañeros de colegio, me rompí el ligamento cruzado y los meniscos de mi rodilla derecha, eso sumado a desprecios, soledades y muchas más cosas hacían que viviera en vergüenza y al final solo quisiera morirme, vivía todo el tiempo con autoconmiseracion, en dependencias emocionales, pedía a gritos desde mis silencios, ser amada, ser amada de verdad.

Y Dios lo hizo, me amo, lo entrego todo por mi, y el día que decidí acércame a él con tanto hueco en el corazón, él no solo me amo, sino que restauró cada parte en mi roto corazón, sano los abusos, los desprecios, los abandonos, y me sigue amando y sanado a diario, no puedo negar que él es real, y se llevó tantas ganas de dejar de respirar, es por eso que vivo día a día con alegría, porque él dio colores,  ahora sé  que cada mañana  es un regalo que no quiero desaprovechar sino vivir al máximo también buscando a otros que están igual o más rotos que lo que yo lo estaba, para llevarlos a aquel que me amo y me salvó.

¡El día de hoy amo mi vida y amo vivir!


sábado, 9 de junio de 2018

Tonta fe

Desde que tengo uso de razón, he sido juzgada por mi fe, sí es cómico pero es verdad, recuerdo mis años de colegio, tan solo siendo una niña fui rechazada por otros niños y niñas por que mis papás no me bautizaron cuando era una bebe, el problema fue que según los niños yo tenía que hacerlo y yo que siempre he sido terca les dije que solo lo haría cuando para mi tuviera un significado y no cuando “tuviera que hacerlo” obviamente nunca usé esas palabras, pero en sí eso quería decir. De la misma manera cuando empecé a contarles que Dios podría ser no solo el crucifijo que veían en clase sino alguien con quien podían tener una relación cercana, fui mirada como si tuviera un bicho raro o algo así.

Es increíble pero después de una época a tan solo unos 11 u 12 años empecé a ser juzgada por tener la firme convicción de llegar virgen al matrimonio, de tener una única pareja con la cual llegar a estar, y más adelante escuchar que me moriría tal vez siendo virgen si alguien no me llegaba a amar. Y con los años y los cambios de la vida los argumentos son peores, en esa área y en muchas más donde para la gente mi fe es "una tonta fe". Argumentos como que veníamos del mono, y que Dios no existía, o que escuchar cierta música estaba bien,  tomar a tan corta edad ciertas decisiones de vida, te etiqueta como alguien tonto o irracional, tanto que un día me llamo la orientadora del colegio para decirme que yo no debía hablar de mis convicciones sino simplemente callarme para mantener una mejor relación con las personas. Cuando ellas en clase sí podían opinar de su manera de ver la vida, yo debía callar para no ofender a nadie.

Y en la universidad la cosa no cambio, me dijeron cosas dolorosas, como que mi manera de ver la vida era retrógrada y que lo único que yo era, era una mojigata, y esto en alguna manera influyó a que yo me cruzara ciertos límites que había puesto con el trago y con la música, lo que no sabía la gente es que al ceder en eso entre en un mundo de oscuridad, solo quería morirme por un tiempo y sí fue por cruzar esos límites que alguna vez había pensado no pasar, la música que oí me llevo a la depresión, sentía soledad aun estando acompañada, no veía ningún tipo de futuro para mi. Hasta que decidí volver a mi tonta fe, esa fe hizo que volviera a vivir, que la vida que se había vuelto oscuridad ahora volviera a tener color.

Esa tonta fe que siempre he tenido, esa voz en suave que me dice que todo va estar bien aun cuando el panorama se vea mal, es esa fe la que ha hecho que al día de hoy, tenga lo que tengo y sea lo que soy. Si han visto algo de esperanza en mi o generosidad, solo ha sido porque lo aprendí del mejor, Jesús, de quien nace esa fe y en quien confío completamente, que aunque parezca tonta, la verdad es que es la única garantía que he tenido de un mundo mejor.

Pero por estos días esa fe, fue puesta a prueba en mi salud, tuve bronquitis y aunque yo sabía que la biblia dice que Jesús llevo todas mis enfermedades en la cruz me era muy difícil creerlo, me ahogaba con todo, no podía literalmente respirar, y si no respiras no tienes vida, así que decidí creer una vez más, y ponerle fe, ore y Dios hizo un milagro, mis pulmones sanaron, y en menos del tiempo que me había dicho el médico que podía pasar. Porque permití que Dios en esa situación fuera mi respirar.


Me arriesgo con esa tonta fe, porque si dejáramos de llamarla tonta y nos lanzáramos a creer todo lo que dice Dios, nuestra vida cambiaría, aprendí una gran lección y sigo en el camino donde veo que cada cosa que he creído desde niña, aunque muchas veces he sido juzgada y rechazada por ello, solo esas verdades hacen que mi vida tenga esperanza de un mejor mañana no solo para mi, sino para todo él que decide creer.

El susurro de Dios en la pausa

“Parar de hablar” es algo que viví recientemente. Podía hablar, sí, pero no debía hacerlo. Y fue interesante, porque el libro de Proverbios ...