martes, 16 de diciembre de 2025

El susurro de Dios en la pausa

“Parar de hablar” es algo que viví recientemente. Podía hablar, sí, pero no debía hacerlo. Y fue interesante, porque el libro de Proverbios habla constantemente de la importancia de escuchar más que de hablar: “El que es sabio refrena sus palabras” (Proverbios 17:27), y “Aun el necio, cuando calla, es contado por sabio” (Proverbios 17:28).

Debido a una nueva cirugía en mi boca, por un proceso de recuperación de encías, el tratamiento pedía entrar en un tiempo de silencio.

Quienes me conocen saben que hablo hasta por los codos. Aunque me considero una buena oyente, cuando soy escuchada me siento amada. En medio de este proceso pude observar muchas cosas: cómo algunas personas pueden hablar y hablar sin parar; cómo otras se sienten incómodas con el silencio; y cómo hay quienes no hablan porque yo no hablo. Todo esto me llevó a una reflexión más profunda.

Me preguntaba cómo se sentirá Dios cuando, en nuestros tiempos de oración, hablamos sin parar —como “loros mojados”— pero no nos detenemos a escucharlo. Y aun así, qué hermoso es nuestro Dios, que nos escucha todo el tiempo. Quizás, si tomáramos más pausas, podríamos también oír lo que Él dice en medio del silencio. David expresa algo así cuando dice: “Esperaré en silencio delante de Dios, porque de Él viene mi salvación” (Salmo 62:1).

También pensé en pasajes de la Biblia donde se confronta esta realidad. Jesús citó al profeta Isaías diciendo: “Este pueblo de labios me honra, pero su corazón está lejos de mí” (Isaías 29:13; Mateo 15:8). En estos días, muchas de mis oraciones han sido solo gemidos y palabras del corazón, y eso me llevó a preguntarme cuántas veces lo que dice mi boca realmente está alineado con lo que hay en mi corazón. ¿Honro a Dios aun cuando no puedo hablar? ¿Y qué saldrá de mis labios cuando vuelva a hacerlo? Recordé también que “el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles” (Romanos 8:26).

Una historia que siempre me ha impactado es la de Ana, la mamá de Samuel (1 Samuel 1). Hace un tiempo estuve estudiando su vida y me conmovió profundamente: ella podía hablar, pero oró desde lo más profundo de su corazón; sus labios se movían, pero no se oía su voz. Su clamor fue tan intenso y sincero que el sacerdote Elí pensó que estaba borracha. Su oración fue mucho más allá de las palabras. Y me pregunté: ¿Cómo sería nuestra oración si fuéramos más conscientes del corazón y no solo de los labios?

También pensé en Zacarías, el padre de Juan el Bautista (Lucas 1). Él quedó en silencio por un tiempo, pero cuando finalmente abrió sus labios, profetizó sobre el Salvador que vendría y sobre el propósito de su pequeño hijo. Eso me hizo pensar y orar: que cuando vuelva a hablar, pueda expresar las palabras que nacieron en mi interior, palabras que se encontraron con el Salvador en medio de este tiempo de silencio.

Finalmente, el Selah cobró un significado más profundo para mí. Creo que no hacemos tantas pausas como deberíamos para meditar en lo que Dios dice. En especial me habló el Salmo 67, donde se menciona cómo Dios hace resplandecer su rostro sobre nosotros. Lo sentí como la mirada de un padre hacia su hijo. Pude experimentar, de una manera segura, estar frágil en los brazos de Papá, descansar en Él y confiar en que tiene todo bajo control.

De todo este proceso, lo que más me impacta es la convicción profunda de cuán bueno es Dios. Hubo un momento en el que decidí enfocarme solo en Su presencia, en quién es Él. Saber que Dios es tan bueno es algo verdaderamente asombroso.


Como dice Cantares: “Todo él es codiciable” (Cantares 5:16). No hay nadie como mi Amado. Y a Él quiero adorar por la eternidad: desde mi corazón, y cuando pueda volver a hacerlo, también con mis labios.